Tras más de 140 representaciones sostiene que “El fracaso tiene que ser un aliado”
A más de 500 años del esplendor del Renacimiento italiano, Rodrigo Murray regresa a la cartelera de la Ciudad de México para recordar que detrás de cada obra cumbre existe una estela invisible de tropiezos. En el Teatro Milán —recinto cuyo nombre dialoga íntimamente con la biografía del florentino—, el actor sube a escena con su monólogo Leonardo, una propuesta multidisciplinaria que se aleja de la fría estatua de mármol para tocar la fibra más vulnerable del ser humano: la capacidad de equivocarse y levantarse.
La puesta en escena se articula en torno a la escultura monumental y transformable Leonardo 4, diseñada expresamente por el reconocido escultor mexicano Sebastián. Con una precisión geométrica que evoca los cánones renacentistas, la pieza transmuta ante los ojos de los espectadores en las plazas de Florencia, los salones palaciegos de Milán o en las calles del México contemporáneo.
Lejos de una cronología biográfica convencional de los 67 años de Da Vinci, Murray optó por una estructura donde el tiempo se dobla. La trama corre en paralelo entre el propio sabio renacentista y Rodrigo, un actor que lidia con el desempleo y sus propias inquietudes mientras intenta escribir un monólogo sobre Da Vinci.
“Sería un poco necio contar la vida de alguien tan alucinante en tan breve tiempo”, reflexiona el actor. “Yo me detengo en tres momentos de su vida muy particulares que son tres grandes fracasos de la vida de Leonardo, contado al mismo tiempo con la vida de un actor que se llama Rodrigo que quiere hacer un monólogo sobre Leonardo da Vinci. Entonces viajo en el tiempo indistintamente con la historia de Leonardo y con la historia de Rodrigo; se juntan estas dos historias en algún momento justamente en el escenario”.
La gestación del proyecto representó un viaje de largo aliento. “Es una obra que escribí yo, me llevó un poco más de una década la investigación, la escritura. Llevo cuatro años y medio haciendo este monólogo; Leonardo vivió 67, o sea que me quedan unos cuantos años todavía por delante”, comparte Murray tras haber celebrado su función número 144 en un recorrido que ha transitado por diversos estados de la República Mexicana.
El amor secreto de Da Vinci por la tramoya teatral
Aunque la historia universal lo inmortalizó como pintor, urbanista, botánico y anatomista, Murray descubrió en sus pesquisas una de las facetas más lúdicas e ignoradas de Da Vinci: su profunda devoción por el arte escénico y la invención de aparatos para montar espectáculos.
“Era un amante secreto del teatro, y ni tan secreto, porque teatros como tal no había, con butacas enfrente y techado”, explica el dramaturgo y actor. “Quizás había grandes salones donde se presentaban sus montajes y patios de palacios en donde él, de alguna manera, inventó una especie de escenario. Fue el primero en utilizar poleas para el teatro, para los espectáculos teatrales que realizó; escenografías realmente magníficas con diseños y con el uso de la luz muy particular”.
Aquella creatividad desbordada incluía artefactos sorprendentes para la época: “Se iluminaba con grandes ollas de cobre con carbones encendidos y entonces dirigía la luz de estos artefactos hacia distintos objetos, construyendo grandes bocas de dragones que tiraban fuego a la hora de abrirse, e invenciones que él puso justamente para el uso teatral y para el beneplácito de aquellos que vieran el espectáculo”.
Para Murray, esa chispa escénica fue el detonante definitivo: “A partir de ahí, yo no tuve otro remedio más que escribir un monólogo agradeciéndole a Leonardo todo lo que hizo a favor del espacio teatral”.
El corazón de la propuesta radica en desarmar el mito del éxito inmediato, invitando a la audiencia a verse reflejada en la duda y la frustración cotidiana.
“Sin duda alguna el teatro es un espejo donde nosotros nos reflejamos y vemos nuestras historias, nuestros aciertos y nuestros fracasos”, asevera Murray. “Si ese genio fracasó, creo que nosotros tendríamos que aprender un poco de su experiencia, entendiendo que el fracaso no es un enemigo; el fracaso tiene que ser un aliado que nos va a acompañar cada vez que intentamos o que intentemos hacer algo nuevo”.
Con convicción, el histrión subraya la templanza como virtud indispensable: “Decía Leonardo que el éxito era una cadena de eslabones fracasados, y creo que tiene toda la razón del mundo: en algún momento alcanzaremos el éxito. Los únicos que intentan algo tienen las agallas para poder hacerlo, los arrestos de levantarse una y otra vez para volver a intentarlo y eventualmente llegar al éxito”.
Vigencia escénica y proyectos futuros
Pese a que el texto base permanece firme en sus postulados filosóficos sobre la inmortalidad y la virtud, Murray confiesa que la actualidad nutre pequeños guiños con los asistentes: “La obra habla esencialmente sobre la inmortalidad, los fracasos como parte virtuosa del espíritu humano y el teatro; esos son temas universales dentro de la constante humana. De vez en cuando sí hago algún gesto o algún guiño al espectador, como hace unos meses con lo del robo en el Louvre; la Mona Lisa fue robada en 1911 y regresó dos años después, pero creo que las joyas que se robaron en esta ocasión no van a volver”.
A la par de su temporada teatral y con la vista puesta en la pantalla chica —donde alista la serie Abuelito de la guarda bajo la producción de Rosa María Noguerón para Televisa—, Rodrigo Murray mantiene su compromiso prioritario con el entarimado.
Leonardo se presenta durante cuatro lunes consecutivos a las 20:30 horas en el Teatro Milán, ofreciendo al término de cada función una charla abierta con el público para dialogar sobre arte, ciencia y las caídas que construyen a los seres humanos.