Estimados y muy queridos lectores:
Eran las 7:12 de la mañana. Me subí al microbús en Eje 8, como todos los días, con la mochila al frente y los audífonos a medio volumen. Era un trayecto conocido, de esos que hacemos casi en automático mientras pensamos en el trabajo, en los pendientes o en todo lo que nos espera durante el día.
En el segundo semáforo subieron dos jóvenes. Uno se quedó cerca de la puerta y el otro comenzó a caminar por el pasillo diciendo: “Ya se la saben”.
Nadie gritó. Nadie se miró.
Una señora que estaba sentada a mi lado apretó a su niña contra la ventana. A mí me temblaban las manos, no por el celular que entregué, sino porque entendí que, en ese momento, veinte personas estábamos completamente solas.
No me pasó nada más que eso y, por esa razón, hoy puedo contarlo. A otras personas no les ha ido igual.
Pero antes de continuar debo decirte algo: esta historia no me pasó a mí.
Quizá tampoco ocurrió exactamente a las 7:12 de la mañana ni en un microbús de Eje 8. Sin embargo, podría ser la historia de cualquier persona que todos los días utiliza el transporte público para llegar al trabajo, a la escuela o de regreso a casa.
Podría ser tu historia, la mía o la de cualquiera de nosotros.
Y eso es precisamente lo más preocupante: la escena nos resulta tan conocida que seguramente, mientras la leías, nunca dudaste que fuera real.
Moverse en transporte público en México no es solamente un tema de movilidad. Para muchas personas también significa mantenerse alerta, cuidar sus pertenencias y observar quién sube, quién baja y qué sucede alrededor.
Somos vulnerables porque viajamos dentro de espacios cerrados y saturados. Un microbús, una combi, el Metro o el Mexibús durante la hora pico pueden convertirse en lugares donde no siempre existe una salida inmediata.
También viajamos distraídos. El celular es nuestra ventana al mundo, pero mirar constantemente la pantalla puede impedirnos reconocer lo que ocurre a unos cuantos pasos. Los audífonos, las conversaciones y el cansancio hacen que poco a poco dejemos de escuchar y observar nuestro entorno.
Además, vivimos dentro de una rutina. Utilizamos las mismas rutas, esperamos en las mismas paradas y viajamos prácticamente a la misma hora. Esa rutina nos da confianza, pero también puede volvernos predecibles.
La parte inferior de la segunda página está tapada por los controles de la pantalla, así que no puedo transcribir con seguridad el resto. Se alcanzan a distinguir fragmentos sobre robo, acoso sexual y recomendaciones de seguridad, pero prefiero no inventar palabras que no son legibles.
Si me mandas una captura de la parte de abajo, te continúo la transcripción exactamente desde “Además, vivimos dentro de una rutina…”.
Karla Á. Anaya
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